¡LOS GENES SÍ MANDAN!

Como influyen los genes en nuestra alimentación

Muchos científicos centran sus investigaciones en cómo interactúan los genes y la comida. En estos estudios analizan el papel de la genética en los cinco sabores básicos: dulce, ácido, salado, amargo y umami.

Se han identificado ciertos genes que influyen en las preferencias por cada uno de ellos y se cree que además de estos genes que están relacionados con los receptores del sabor, hay más factores relacionados con la sensación de hambre y saciedad que afectan a los antojos, como son el índice de masa corporal, el metabolismo, el centro de recompensas del cerebro y las hormonas, etc.

En el caso del sabor salado, se ha visto que existen proteínas que regulan la absorción de sal y agua en el organismo, y que están asociadas a la preferencia por los alimentos salados (no todas las personas cuentan con la misma cantidad de estas proteínas). Además, el metabolismo de la sal en el cuerpo, depende de cómo la metabolicen los riñones y de cómo procesa las diferentes sustancias químicas cada individuo.

Con cada estudio se confirma con mayor evidencia que los genes y la comida están íntimamente relacionados. En el caso del sabor dulce algunos investigadores afirman que, si una persona prefiere alimentos dulces por encima de los salados, quizá tienda a preferir alimentos más calóricos, y eso está en nuestro ADN, ya que históricamente esos alimentos nos habrían ayudado a sobrevivir cuando había escasez de alimentos.

Por otro lado, existe un gen conocido como FTO que desempeña un papel crucial sobretodo en casos de sobrepeso y obesidad, ya que afecta al nivel de la ghrelina (la hormona del hambre) y de la leptina, (provoca la sensación de saciedad), cualquier alteración en este gen producirá un desequilibrio entre hambre y saciedad que puede provocar aumento de peso.

Es cierto que las conductas alimentarias son muy complejas, ya que además de la estrecha unión entre los genes y la comida, intervienen además la falta de sueño, el déficit de nutrientes, una dieta pobre, el azúcar bajo en sangre, la deshidratación o el estrés, relacionados la mayoría con los antojos. Por lo tanto, distinguir lo que es un antojo del hambre y de un mal hábito es complicado.

Queda claro que nuestra genética nos predispone a sentir necesidad de azúcar o de sal, pero los cambios de estilo de vida nos ayudan a controlar los antojos y a no reforzar malos hábitos de alimentación.

¿Somos lo que comemos?

La clarísima relación que hay entre los genes y la comida, como hemos comentado anteriormente, así como la relación entre genes y hábitos de vida como tabaquismo, práctica deportiva, etc., está más que comprobada científicamente y no solo lo sabemos a día de hoy, sino que ya en el siglo XIX el antropólogo y filósofo Ludwig Feuerbach dijo esta afirmación: “Los humanos somos lo que comemos”.

Hay estudios hechos con gemelos que corroboran esta frase, ya que, a pesar de compartir la misma información genética en el momento de nacer, si llevan vidas distintas, con hábitos de vida y alimentarios diferentes, se producen cambios en sus genes (activación o desactivación) que les hacen ser más o menos propensos a determinadas enfermedades o alteraciones en el organismo. Este mecanismo de modificación de los genes modulada por el ambiente se denomina epigenética. No hay cambios en el código genético del ADN, sin embargo, son cambios heredables y persistentes en generaciones posteriores a pesar de que el estímulo ambiental desaparezca.

Otro ejemplo que relaciona con mucha claridad los genes y la comida, son los casos de obesidad, ya que está comprobado que según qué alimentos ingerimos, hacen que se expresen más unos genes que otros. Esta enfermedad metabólica tiene origen 50% genético y 50% causa ambiental, por lo tanto, está en nuestra mano poderlo cambiar, ya que se heredan los genes que predisponen a la obesidad y también los malos hábitos alimentarios que se ven en casa.

Existen algunos “dogmas” que surgen tras algunas publicaciones (no todas están respaldadas científicamente, detrás tienen algún interés económico) por las que no debemos dejarnos llevar. Por ejemplo, hubo una temporada en la que se defendía que la margarina era un producto saludable libre de grasas saturadas. Hoy en día se sabe que no es precisamente un producto sano, debido al tratamiento industrial que se le da. Lo mismo ocurrió en su día con el aceite de oliva, defendían que no era un producto saludable por ser rico en grasas, peor a día de hoy se sabe que tiene un perfil lipídico muy cardiosaludable. Otro producto que siempre cae en controversia es el café; hay personas a las que tomar cafeína les aporta beneficios, y hay otras, que la cafeína les puede perjudicar, según se tenga el gen metabolizador rápido o no, respectivamente.

También se han llevado a cabo estudios que relacionan un déficit o exceso de nutrientes durante el desarrollo fetal y las primeras etapas de la vida, con el riesgo de sufrir enfermedades metabólicas en el futuro (obesidad, hipertensión, diabetes, etc). Uno de los casos en los que se han basado estos estudios fue la hambruna que sufrieron los holandeses durante la II Guerra Mundial, la cual corrobora el hecho de que los efectos epigenéticos de muchos nutrientes, pueden ser incluso mayores durante la fase embrionaria y de desarrollo fetal, que en la vida adulta.

La Nutrigenética

La nutrigenética es una rama de la ciencia, cuyo objetivo es estudiar como las distintas variantes genéticas de las personas influyen en el metabolismo de los nutrientes, la dieta y las enfermedades asociadas a ésta.

Así pues, por un lado, mediante la dieta podemos modular la expresión de los genes, y por otro, conociendo la base genética del individuo se puede adaptar la dieta según la tolerancia y metabolismo de todos y cada uno de los nutrientes que ingiere, disminuyendo así la probabilidad de enfermar o de padecer alteraciones metabólicas.  Los avances en este campo serán claves en la alimentación y la salud del futuro de la población.

A día de hoy queda demostrado que nuestra genética no nos determina totalmente y que lo que sí está en nuestra mano es alimentarnos de forma saludable, mejorar el estado nutricional de nuestro entorno más cercano y cuidar nuestro organismo con buenos hábitos, para gozar tanto nosotros como nuestros hijos de una mejor salud.

Por último, nos gustaría destacar que desde Mel i Salut pensamos que debería haber más implicación por parte de instituciones públicas como son los colegios, para que se impartiera educación nutricional e hicieran especial hincapié en la importancia que tiene una correcta alimentación desde las primeras etapas de la vida

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